Deyka llegó a nuestra vida desde una perrera, después de haber pasado momentos muy duros. Fue encontrada junto a sus hermanos y su madre, que ya había fallecido. Aun siendo solo una cachorra, ya demostraba una fortaleza increíble. En su primer año de vida luchó contra la leishmaniosis; sufrió, pero nunca se rindió, y salió adelante como la gran luchadora que siempre fue.
Durante diez años y medio nos regaló alegría, cariño y una compañía inmensa. Le encantaba asomarse a la ventana y observarlo todo, curiosa y cotilla como ella sola. Disfrutaba de los paseos, de correr por el césped, de coger palos y de olisquear cada rincón, siempre llena de energía y felicidad. Era una auténtica bomba de alegría.
Por las noches pedía mimos apoyando suavemente su patita, y su sola presencia llenaba la casa de calma y amor. En los paseos, incluso desconocidos se detenían para decirnos lo bonita que era. Deyka no pasaba desapercibida.
Deyka fue única: fuerte, valiente y profundamente amorosa. Su huella es imborrable y su recuerdo seguirá acompañándonos siempre, porque el amor que nos dio vivirá para siempre en nosotros.

