Mi Kuko querido. Llegaste como un susurro de luz a una vida que aprendía a recomponerse, y la llenaste de magia. Me enseñaste que el amor no pide nada, solo se entrega; que la familia no siempre se encuentra, a veces se elige y se salva.
Te rescaté de la muerte con 45 días… y desde entonces nuestro vínculo creció como un tsunami imparable, indomable y eterno, hasta hace apenas dos días.
Gracias, hijo mío, por tanto. Por cada mirada, por cada silencio compartido, por cada latido al unísono. Nuestro amor no termina aquí: se transforma en legado, en luz, en guía. Y será esa magia la que acompañe siempre mi camino.

