Hada, has sido nuestra hija, nuestro hogar y nuestra alegría más pura. Nuestra niña, desde el primer instante en que te vimos, supimos que eras tú. Hoy la casa es sólo un eco de tu ausencia y tus papis guardan un luto callado. Sin ti, nuestro mundo se ha vuelto oscuro y vacío. Tu recuerdo es nuestra única luz en esta oscuridad. Esperamos que el tiempo se detenga allí donde estés; espéranos oliendo las plantitas con esa delicadeza tuya hasta que volvamos a estar los tres juntitos… como debe ser.


Hada, mi hija y mi única razón de existir fuiste tú. Lo has sido todo en mi vida.
¿Sabes qué me dicen? Que el tiempo lo cura todo. Pero eso solo lo dicen los ignorantes que no comprenden lo que significa amar de verdad y entregarte una vida entera. Porque tú no eras un momento; tú fuiste mi vida completa. No sé cómo seguir sin ti, no sé cómo respirar en un mundo donde ya no estás. Te quiero con todo lo que soy.
Pasamos juntos más de 80.000 horas y, aun así, daría lo que fuera por estar contigo muchas más. Gracias por cada tarde, cada paseo, cada mirada…
Perdóname, mi niña. Hace once años llegaste en una jaula, asustada, y juré por mi vida que jamás morirías en otra. Pero ya sabes… el ser humano es la lacra de este mundo. Lo que más me duele —y lo digo como advertencia— es que no fueses tratada con la dignidad y el respeto que merecías en ese hospital de Madrid con tanta reputación llamado PUCHOL. Espero, al menos, que fueses feliz con tus padres, porque nosotros lo fuimos contigo; tanto, que nos duele descubrir que esa felicidad es la única que hemos conocido de verdad.
Miro el sofá y necesito sentirte a mi lado, oír tu respiración. Antes, al llegar a casa, ni un solo día mi corazón dejó de palpitar al abrir la puerta, sabiendo que estarías allí. Estuvieses dormida o malita, siempre me recibías como nadie jamás lo ha hecho. Ahora, cuando llego, mi mente se desconecta porque encuentro tu sitio vacío. Recorro la casa buscando tu mirada, esa mirada que llenaba todo mi mundo.
Creo que hay muchas maneras de sentir una pérdida, y la mía será llevar este dolor hasta el día de mi muerte. Mi amor por ti ha sido lo más perfecto que he tenido. Ahora, a cada momento, miro esa pequeña urna y sé que estás ahí, pero también sé que una parte de mí se ha ido contigo.
Quiero agradecer enormemente el trato que recibió mi hija en HADESCAN; no solo por su profesionalidad, sino por su empatía. Allí la encontré en absoluto reposo, como si estuviera dormida, rodeada de las flores que tanto le gustaba oler. Detalles que, ojalá, otros centros por mucha fama que tengan —como el que mencioné anteriormente— estuvieran a la altura de lo que nuestros hijos e hijas siempre nos han dado.”
🖤