DANNA

Dana, cuánto hemos pasado juntas. No sabría ni por dónde empezar.

​Fuiste aquella “ratita” que encontré en una tienda de Guadalajara. Te me caíste al cogerte y, en vez de protestar, me regalaste un lametón juguetón. El dueño me dijo que tenías parásitos; nadie te quería por eso, pero a mí me dio igual. Supe en ese instante que tenías que estar en mi vida y te llevé conmigo. Fuiste la mejor decisión de mi vida.

​Has sido una perra vivida. Has estado ahí en todas mis mudanzas, mis locuras, mis idas y mis venidas. Aunque sé que tu lugar favorito siempre fue donde estuviera también la abuela, mi madre. Todo el mundo te ha querido; incluso hoy, todas esas personas se acuerdan de ti y me siguen diciendo lo especial que eras. Nadie podía evitar sorprenderse de lo maravillosa, inteligente y noble que eras. Solo tenías amor para ofrecer.

​En tus últimos años, tus ladridos se convirtieron en tu voz para pedirnos lo que necesitabas. Han sido 17 años, muchos años en los que tu pequeño cuerpo luchó contra mil batallas. Eras tan guerrera, siendo tan pequeña, que no dejabas de sorprendernos. Siempre salías de todo… pero de esto no ha podido ser.

​Cuántas siestas y noches hemos dormido juntas. Esta vez, he tenido que ayudarte yo a ti a dormir, porque ya me lo pediste con la mirada y no me quedó más remedio que hacerte caso. Esos ojos de ayer me pedían descanso y te lo he dado. Me prometí hacerlo cuando me lo pidieras, y eso he hecho.

​Siento que has cumplido tu misión aquí, y yo la mía contigo. Las dos sabemos de qué se trata. No hay palabras que expresen mi amor y mi profundo agradecimiento por todo lo que me has dado; mucho más de lo que pude imaginar aquel día en la tiendecita.

​Gracias por estos 17 años, compañera.

Te querré en esta y en todas las vidas.

Privacy Preference Center