El 30 de enero se fue al cielo nuestro Tom.
Y con él, una parte muy grande de nuestro día a día.
Tom no era solo un perro.
Era compañía, rutina, carácter, mirada…
y para muchos, “el príncipe del barrio”, porque siempre iba guapo, con esa presencia suya que hacía que todos lo miraran al pasar.
Tenía algo especial:
esa forma tranquila de estar,
esa dignidad natural,
esa belleza que no necesitaba esfuerzo.
Nos regaló amor del bueno, del silencioso, del que no pide nada a cambio.
Nos enseñó paciencia, ternura y a disfrutar de las cosas pequeñas: un paseo, una siesta al sol, una caricia.
Ahora corre libre, sin molestias, sin dolor,
en un lugar donde siempre brilla el sol y donde los buenos nunca se van del todo.
Gracias por tanto, Tom.
Siempre serás nuestro príncipe. 🤍🐾

