Taz
Dicen que yo te adopté, pero fuiste tú quien me adoptó a mí.
Llegaste con miedo, pero también con algo imposible de domesticar: tu esencia. No viniste a obedecer, viniste a enseñarme.
Contigo entendí que amar a un animal no es doblegarlo, es escucharlo, respetarlo y aprender su lenguaje.
Me enseñaste a tener paciencia, a observar, a comprender que detrás de cada gesto hay un mundo.
Fuiste instinto, libertad y carácter en estado puro.
Y yo aprendí a acompañarte, no a cambiarte. Gracias a ti, hoy miro el reino animal de otra manera.
Con más respeto, más calma… y más verdad.
Gracias por estos 10 años, por elegirme y por todo lo vivido. Dejas un vacío enorme… y una huella imposible de borrar.
Siempre tendrás tu rincón.
Siempre serás mi Taz.

